Cuando era pequeño, en mi familia me llamaban Chiqui, un mote inventado por mi tío José María. Ahora entiendo que era normal, puesto que por entonces yo era el más pequeño de ese clan en el que me tocó nacer y que formaban mi abuelo, mis padres, mis tíos y mis primos. Sea como fuere, el caso es que crecí siendo “el Chiqui” para todo el mundo.

Ocurrió que un día caí en la cuenta de que tenía un nombre y decidí rebelarme: no quería que nadie volviera a llamarme Chiqui. Tenía diez o doce años, no lo recuerdo bien, pero tomé una solemne decisión, la de no responder a nadie que se dirigiera a mí como Chiqui. Me llamaba Juan Carlos y era hora de que todo el mundo lo aceptara.

Curiosamente, costó poco que la gente se acostumbrara a pasar de una palabra corta como Chiqui a un sonoro nombre compuesto. Mi familia entendió mi postura y comenzó a llamarme Juan Carlos, algo que hasta entonces solo habían hecho mis hermanas pequeñas. Curiosamente, mis padres utilizaban cualquier recurso típico de progenitores (nene, hijo, cariño…) para no tener que emplear el nombre que habían elegido para mí.

Mi tío José María, el Tete (en mi familia usamos tete no para los hermanos, sino para nuestros tíos; y no para todos), también aceptó que seguramente yo ya no tenía el tamaño ni la edad para llamarme Chiqui. Así que de golpe y porrazo pasé –para él y para mi tía, la Tata– a llamarme Juanito. Y así me llamó los cuarenta y tantos años siguientes a mi rebelión onomástica: con otro diminutivo.

Fui Juanito desde que llegamos al Poble Sec procedente del Gòtic hasta que el domingo su corazón dejó de latir, cansado tras una vida dura que enfrentó con una enorme entereza pese a los golpes que le propinó en más de una ocasión. No le recuerdo jamás enfadado, pero sí esgrimiendo una sonrisa que no dejo de ver desde que sé que ya no está. Sí le recuerdo triste porque dice el dicho que nadie debería enterrar a un hijo y a él le tocó hacerlo dos veces. A él y a la Tata, claro, que hace algún tiempo que no me llama Juanito por ese mal que comienza por hacerte olvidar algunas cosas y termina por devorar tus recuerdos.

Estibador de los que descargaban barcos a base de maña, fuerza, brazos y espaldas, el Tete apenas sabía escribir su nombre pero era capaz de impartir clases de vida día sí y día también. Medio ciego desde hace algún tiempo y sordo y medio desde hace aún más, el Tete presumía de ser culé y, pegado a la tele para intuir los movimientos de Nessi, Samueletó o Eniesta –que así los llamaba para disfrute de todos– no se perdía un partido de su Barça.

He tenido el privilegio de conocer a dos hombres que son, en el machadiano sentido de la palabra, buenos. Uno es mi padre, ejemplo de tipo íntegro a quien admiro desde siempre como solo se admira a los ídolos. El otro es el Tete, la última persona que me llamó Juanito.

Se marchó como vivió. En calma. Sin llamar la atención. Mientras dormía. Dejando una huella indeleble en quienes tuvimos la fortuna de compartir su experiencia, su ternura y su sonrisa.

Hasta siempre, Tete.

Juanito.